sábado, 11 de septiembre de 2010

Across the universe.


-¿Recuerdas cuándo me platicaste, la primera vez que nos vimos, que la NASA envió Across the Universe en forma de ondas de radio al espacio, para ver si alguna otra raza de algún otro planeta la encontraba, pudieran ver qué cosas hemos hecho aquí en la tierra?... Cómo si quisieras demostrar que lo que importa no es el mensaje, sino que el mensajero tiene la habilidad de enviarlo.

sábado, 1 de mayo de 2010

Sombra que ascechaba mis pasos: (primera parte)



"Do not cry out or hit the alarm
You know we're friends till we die. "
-Radiohead.


No hace mucho mis niños y yo vivíamos en una pequeña casa a orillas de la ciudad, donde la gente elige no visitarte. Esta tenía un patio delantero todavía más pequeño, que con una vieja cerca y una puerta, ambas de madera podrida, separaban mi propiedad del derecho de todos los individuos de trasladarse por donde su voluntad les dicte. Por dentro había adecuado la casa especialmente para mis niños: alfombré el suelo, me abstuve de comprar loza delicada, entre otras cosas. La formaban tres cuartos: uno con cinco camas, una pequeña bodega y una recamara para mí, donde tenía una pequeña biblioteca personal. El comedor, la cocina, y la sala componían el resto.
Era una vida agradable, tranquila, pero gracias a ti no duró por siempre. Un viernes que estaba leyendo sobre mi sofá con toda la confianza de que mis niños jugaban afuera sin molestias, llegó Samuel a decirme que te acababas de llevar a Arnold. Tenía la cara pálida, se movía mucho, convertía palabras y frases en cosas incomprensibles, en casi balbuceos: estábamos jugando… del otro lado de la cerca… era él…era él.
Al salir, estaban Santiago, Elena, y Myriam estaban viéndose las caras como jugaran con el silencio. Explíquenme qué pasó, les recriminé en cuanto me miraron: no le entiendo nada a Samuel. Llegó cuando jugábamos: era como decías, intentó empezar Santiago pero no soportó la presión de mis ojos. Después pensé que no debí mirarlo así. Le mostró un billete, dijo Elena, finalmente. Los mire a los cuatro y luego busqué alguna respuesta en el cielo por que no podía hacer nada, ni siquiera regañarlos. Tenían tanta culpa como los sobrevivientes de una inundación. La debilidad de Arnold fue su perdición: el dinero. Todos los niños tienen la propia: para algunos son cosas, objetos que atrapen su imaginación y la nutran, como cuando encierras un insecto en un frasco y lo agitas para mortificarlo. Para otros son situaciones, temas que no hacen más que girar alrededor de la vida: el poder, el amor, la muerte. Siempre, siempre, la debilidad de Arnold fue de este segundo tipo: el dinero; como para Santiago era pasar horas y horas observando hormigueros. Myriam, reaccionando, se tiró sobre el pasto y se puso a llorar. No había nada por hacer, y ellos lo entendían. Ya les había hablado varias veces de ti, lo más perforador era que nos tenias tan vigilados a tal grado, que conocías la debilidad de Arnold. Además, era la primera vez que les pasaba a ellos. A mí ya me la habías hecho. Pero no en el grado al que arrastraste todo, desgraciado. Me acerqué a la casa, y me recargué en ella, dejando a mi cuerpo deslizarse hasta el suelo, donde me frote la cara. Santiago caminó hacía mí y me dijo lo que, ahora estoy seguro, es algo que nunca deberé olvidar: nosotros seguimos aquí. Lo miré, y en ese momento pensé que era cierto. Ellos seguían conmigo y, a pesar de todo, no debían hacer otra cosa más que agradecerlo. A quién, no sé: pero agradecerlo. Me puse de pie y les pedí que entráramos a la casa, donde toda aquella tarde se podía oler la tristeza en los muebles, en la alfombra, en los juguetes.
Durante la noche no me fue suficiente el tiempo para acabar de desearte un sufrimiento equiparable a lo que me acababas de hacer. ¿Sabes que es lo peor de que te llevarás a Arnold? El no hacía daño a nadie. Arnold, Arnold: aunque su pasión siempre fue el dinero eso jamás le impidió ser tranquilo, regalar sonrisas. Humedecí la almohada con lágrimas, sin saber cuanto las llegaría a necesitar.
Con la llegada del sol decidí continuar la rutina. Era sábado, por lo menos. Al mirar por la ventana, descubrí que el cielo brillaba más que de costumbre, que las nubes lo surcaban con furia y libertad. Un enorme ánimo de salir y recordar a la sociedad me invadió y, durante el desayuno, le pedí a Myriam que me acompañara a realizar algunas compras al supermercado. Aceptó resignada. Puse doble llave en la casa para tener a los niños y a mi conciencia seguros. Siempre evado los tumultos, pero esa vez no me importaron: quizá después de la gran tristeza de la noche anterior, no podía más que sentir lo contrario. En la estación de metro donde subimos Myriam y yo el aire exigía almas para derrotar el silencio; pero en la estación donde bajamos la gente formaba una especie de mar: con corrientes, olas y hasta remolinos. Myriam me agarró de la mano y, mientras nos adentramos en ese mar, jamás me soltó. Ya en el supermercado corría por los pasillos, coqueteaba a las señoras y hacía toda clase de preguntas. Que linda era, brillaba entre este mundo oprimido. De regreso a la casa, debimos de entrar a la misma estación y de igual manera las personas se arrojaban como olas sobre nosotros. Myriam llevaba las bolsas de las frutas y las verduras; yo llevaba el resto. No pude tenerla agarrado de la mano. Cuando menos imaginé ya no la veía. Sentí que de golpe el mundo me golpeaba: Myriam, Myriam, empecé a gritar. Tiré las bolsas y empecé a correr a donde pudiera. Deseaba encontrarle. Unos policías se dieron cuenta de mi desesperación, hablaron conmigo, y me ayudaron a buscarle. Pero, ¿qué podíamos hacer? Otra vez me habías encajado el picahielos en la misma herida, solo que ahora no sentí más que pánico: pánico como jamás me había. En menos de cuarenta y ocho horas estabas logrando destruir la gran y feliz familia que siempre fuimos.
¡Te habías llevado a la princesa! ¡Myriam: la pobre damisela eternamente rescatada! ¡La princesa de la torre, la chica del espía, el pato feo que se convierte en cisne! ¡Santiago, Elena y Samuel sintieron tu perdida, y quisieron formar seis ríos dentro de la casa, pero a veces las metáforas no alcanzan!
Esa noche, además, regresaron las pesadillas de Elena. Aún leía en la sala, intentando olvidarme de todo, cuando escuché el primer grito. Corrí no pensando que pudieras haber invadido nuestra casa, me parecía muy sencillo para tus métodos, sino por que Elena a veces sufre de pesadillas constantes; la media noche es su hora favorita para despertar, siempre sin encontrar sosiego en las sombras y siluetas de sus compañeros dormidos. Por que los otros niños, que aquella noche también se fueron a la cama estresados, estaban adecuados a sus lamentos y ya ni siquiera los despertaban. Qué soñaste, le pregunté acariciándole el pelo y acostándome a su lado. Soñé que un monstro me llevaba y me partía en pedacitos y luego se comía cada uno de esos pedacitos; veía todo desde afuera, como si fuera la televisión. Se aferró a mi camisa y apretó su cara contra mi pecho. Intentaba llorar, pero sé que no iba a llorar. Nunca llora. Siempre me ha resultado impresionante como esa imaginación que durante el día le mueve a crear cosas bellas, de noche la tortura. Elena, le dije abrazándola: te prometo que no te pasará nada mientras yo esté aquí. Extraño a Myriam, me dijo escondiendo la cabeza en mis brazos ¿a quién vamos a rescatar del científico loco? Me preguntó en voz tan baja que hasta me dolió escucharlo. Eso estábamos jugando antier, antes de que se llevara a Arnold. Mirándola entre la oscuridad pensé que quizá ponía en movimiento todas esas historias por faltarle el valor de vivir en ellas, contrario de Samuel. Si Elena creaba un dragón de cinco cabezas escupe fuego, Samuel siempre los movía a destruirlo. Santiago siempre oponía resistencia. Arnold era el interesado en destruir al dragón por que deseaba el rescate de Myriam. Y Elena siempre la que soportaba la carga de todos esos delirios que para los otros servían como juegos. Cuando se quedó dormida, regresé a leer.
Tenía la sala para mi solo, predispuesta para cavilar. No pude continuar leyendo. Estaba desgarrado: en menos de dos días ya me habías arrebatado dos niños. Estaba seguro que había hecho algo para desatar tu ira, pero no estaba seguro qué. Repasé toda mi semana buscando la razón la conclusión que encontré es que no podía ser nada de eso, de haber sido así, tu ira se habría desatado años atrás. Por que desde siempre me perseguiste: cuando era más joven, cuando murió Nancy, la madre de los niños, ya lo hacías. Incluso cuando murió Roberto, mi hermano, en mi niñez. Aunque no te culpo sus muertes; pero créeme: como deseé que hubieras sido, pensaba en la sala, para tener algún indicio. Si siempre has sido la silueta que vigila mis pasos, algo tan sencillo, algo tan cabal, como lo que hice esa semana, no podía haber desatado tu ira. Debía haber algo más.
Para que te des cuenta de mi abstracción: no escuché el primer grito de los policías, al otro lado de la barda. Tras el segundo, me asomé por la ventana y los vi. Salí. Que los trae por aquí, oficiales, pregunté sin ánimos. Uno era más alto y más gordo que el otro. Este se llamaba Alfredo. El otro Ignacio. Venimos a sobre el hallazgo de dos cadáveres en las cercanías de su casa. Dos niños. Miré los faroles de la calle, esos faroles que de milagro aun dan luz y les respondí que de seguro eran mis niños. Los invité a pasar y, después de, con mi hospitalidad, ofrecerles algo, les confesé a medias sobre ti. Alfredo me preguntó por que no había denunciado y, aunque dentro sabía que era un impulso a la justicia por propia mano, le dije que consideraba a mis niños lo suficientemente inteligentes para esperar su regreso. Los dos se miraron y luego Ignacio dijo: pero no eran perros señor. Eran niños, no saben nada del mundo. Les puse mis mejores ojos de desasosiego y pasaron a explicarme el estado de los cuerpos. ¿De dónde sacaste tanta furia? ¿Y por qué la agarraste contra los pobres niños? Eres inhumano. Después dijeron que levantarían una declaración e iniciarían una investigación; les agradecí, no puedo negarlo, pero cuando abandonaron mi casa, regresándome el silencio a ella, supe que me creían loco.
¿Eso no me involucraría a mí como sospechoso? ¿Pero por que querría matar a mis propios niños? Ni un segundo dudé de mi cordura, tenía una prueba concisa: yo estaba leyendo cuando desapareció Arnold, no fui el ultimo en verlo como con Myriam. Pero, ¿la policía me creería? ¿No sería ese el objetivo de tu torcido juego?
En el desayuno Elena me comentó que durante la noche escuchó voces y les conté sobre la policía. A mis niños nunca les ocultaba nada. Los tres agacharon la mirada y por un momento dejaron su comida; no los culpé por que yo mismo llevaba rato jugando con los cubiertos. Les comenté que el camino tenía muchas curvas feas ya, y que no encontraba que hacer. Santiago me dijo que no me preocupara, que el sabía que todo iba a estar bien. Elena me sonrió y agarró la mano. Samuel, por otro lado, comentó que mientras estuviéramos en la casa, ese lugar desde donde ellos podían visitar el mundo, no habría problemas.
Pobre Samuel, ojalá no se hubiera equivocado. ¿Por qué, tambien, tuviste que ir por él?

domingo, 25 de abril de 2010

Mi hermano, el flamingo.(Maniacada, ni siquiera a cuento llega)

“They'll name a city after us
___And later say it's all our fault
_____Then they'll give us a talking to
________ THEN THEY'LL GIVE US A TALKING TO
____________Because they've got years of experience".
_______________-Regina Spektor.

______________________Estábamos Casandra y yo en los juegos del parque que simulan ser una pirámide que simulan ser un edificio que simulan ser una cueva. Que simulan ser lo que deseemos. Si corremos entre los puentes de tablas de plástico, o si nos deslizamos por el tobogán, todo depende de que deseemos que sea, para que de un momento a otro cambie. Y siempre es Casandra la que elige en que cambiara, como si es la que volteara hacia las orugas y les dijera: tú vas a metamorfosear, y la oruga se envolviera en su capullo inmediatamente, y segundos después saliera de este una mariposa que se perdiera en el cielo azul, en el viejo y confiable cielo azul. A donde también van los pájaros.
________________________Y los flamingos, me dijo Casandra alguna vez, de la que solo recuerdo que estábamos en un cubo, de esos que tienen plástico tirándola de mirilla, jugando a que estábamos en un cuartel general; cuartel general de qué, tampoco ya recuerdo, pero para qué si recuerdo: para alejarnos de nuestras madres que discutían. Si, dijo, al cielo vuelan los flamingos, estoy segura. Si, igual que todas las aves, le dije. Pero no, yo quiero que especialmente vuelen los flamingos, por que quiero que mi hermano se vaya de una buena vez por todas. ¿Tu hermano? Pregunté.
____________________________Si, mi hermano el Flamingo, comentó y me sonrió.


* * *
_________________________Cuando nació Casandra rompieron el molde, me dijo mi mamá como una simple metáfora inocente. Pero bueno, que sea inocente no significa que sea falsa. Cuando nació Casandra, le arrancaron el útero a su madre, por complicaciones post-parto, arrancándole no sólo el útero, por supuesto, sino todos estos sueños y esperanzas que ella tenía de tener un hijo que jugara con Casandra de tener un hijo del cual se pudiera enamorar y llamar “mi príncipe”. Pero sólo me tenía a mi, aunque no creo que para ella contara, por que sólo era su ahijado.
_____________________Así que Casandra aprendió a vivir en un mundo donde los juegos de los otros no importan, por que ni siquiera existen. Crees que tus padres lo son todo. Si llegas a retar a alguien, quizá sea a ti mismo, y tu perderás y tu ganarás. Mientras jugamos, al pensar en esos primeros años, Casandra suele bajar la mirada.
__________________Entonces unas vacaciones, poco antes de la vez del cuartel general, la familia de Casandra salió de vacaciones al sur, y entre los puestos de tianguis callejeros, entre los vendedores ambulantes, y las tiendas de artesanías, la mujer logró satisfacer uno de sus deseos más mundanos, pero ojo, no por eso menos extrañó: tener su propio flamingo de papel mache, tamaño persona, en la sala de su casa.
______________El flamingo es tu hermano, le decía la mujer a Casandra, cada vez que ella se quedaba viéndolo. Y Casandra comprendió una cosa: si el Flamingo era su hermano, obviamente era su hermano mayor.


* * *
___________Si, es un maldito, me dice mientras estamos en el cuartel. Si me llego a portal mal, el malo me pica la cabeza una y otra vez. Deja sus plumas regadas por todas partes, si no se come su comida, por que todos los días le llevo su plato de cereal, mis papás no se enojas con él.
________________No es justo, Sergio, no es justo.
____________________Dile algo a tus papás, digo, por no saber que más añadir.
_________________________¡Se los digo, Sergio: se los digo! Y ¿sabes que hacen los malos? ¡Se ríen! ¡Se ríen de mí! Por eso odio a mi hermano. Aunque a veces también lo quiero. ¡Pero lo odio más!
___________________________Al menos tu tienes hermano…digo en voz tan baja que no me escucha.
_____________________________Pero ¿sabes que me reconforta? Yo sé que algún día se irá volando. O quizá yo lo haga antes, por que es un guevon y nunca hace nada. Yo sé que algún día uno de los dos tendrá que abandonar el nido.


* * *
____________________________Ahora pienso: que los problemas de los adultos no atañan a los niños. Que se les permita jugar en paz por siempre que se les permita querer volar al sol y quemarse las alas y caer hasta la tierra, y que lloren por eso, sin importar si los padres del niño con quien se lleva el tuyo empiezan a tener problemas conyugales, o sean de otro nivel social, o traicionen por la espalda, o tengan opiniones distintas.

_______________________Desde aquel día no he sabido nada de Casandra. O de su hermano, el Flamingo.

viernes, 14 de agosto de 2009

Girasoles en el desierto.

El otro día, bajando canciones del ares me encontré con esta de Leonel Soto y del culichi David Aguilar. Habla sobre los asesinatos de mujeres en Ciudad Juarez.



( a unas señoras allá en Juárez que se quedaron esperando
que sus hijas regresaran)
Mandé amplificar tu foto
tu adios me dejó sin sueños
pero lo que más lamento es saber
que tú eres la que se ha roto
recuerdo la puerta abierta
nos vemos hasta la noche
tu falda de girasoles y esa sonrisa que aún me despierta
perderte me abrió una herida pero encontrarte me mutiló
girasoles en el desierto
mandé amplificar tu foro para marchar por las avenidas
tu nombre en la cartulina y mi voz
que nunca se va a cansar de gritar
Diez años trecientos lutos y apenas voy aceptando
que tú ya estás descansando y que yo aún no me gané un sepulcro
por tanto no pido muerte para el infeliz culpable
tan solo una quinta parte de mi agonía para su suerte
perderte me abrió una herida pero encontrarte me mutiló
girasoles en el desierto
mandé amplificar tu foro para marchar por las avenidas
tu nombre en la cartulina y mi voz
que nunca se va a cansar de gritar.

domingo, 9 de agosto de 2009

Un sábado en la noche, un domingo en la mañana.


Disloca el tiempo estar un sábado en la noche, más bien un domingo en la mañana, en sus primeras horas, intentando organizar un cuento que realmente pareciera querer cobrar vida, querer machacar a un lector como si fuera un ente vivo; y que no paresca que es sólo un intento más de un joven por aparentar escribir una buena historia. Pasar de la intención a los hechos.

Es curioso ver los trabajos de los demás, ya sean desconocidos idolatrados o no o ya sean amigos lejanos, sean poemas o sean narracciones, y no encontrar, a veces por falta de concentracion o de conocimiento, los errores que uno mismo encuentra a lo propio. Como si les resultara a ellos mucho más facil lo que a uno le rompe los huesos. Como, pondré de ejemplo esto, un cuento que anoche descubrí entre viejas carpetas en mi computadora, de esas que ya buscan parecerse a las fisicas esparcidas por todo mi escritorio, un cuento escrito a principios de año sobre una fiesta eterna, al que, al principio, no encontraba el gran error, sin descubrir, como ayer, apesar de no haber estado en mis cinco sentidos: había tomado; desde el mero punto de la idea el error: no puede existir una fiesta eterna, toda fiesta es una interrumpción de la rutina. No puedes volver a una fiesta una rutina.

Eso es lo que le mantiene la mente trabajando a uno por las noches: el ver que hace cuatro, cinco meses, eso no lucía como ahora luce y que, quizá, tenga arreglo: quizá no bastaría más que un replantamiento de ideas para arreglar el cuento. Por que la idea de una fiesta eterna suena a cuento fantastico, pero hasta lo fantastico tiene ciertas reglas, explicitas e implicitas, asi como los cuentos tienen sus propias reglas y este fue mi problema: no supe aprovecharm de esa convinacion de reglas y crear algo cuyo error no pudiera detertar cinco o seis meses más tarde.

Y es, quizá, cuando me pregunto si la historia me sigue llenando, como lo hizo en su momento. Cuando me pregunto si fue un producto de una necesidad verdadera, que hasta este momento continua, o producto de un capricho, de un derroche de tecnica y recursos innecesarios. Cuando me pregunto si el cuento merecerá ser revaluado.

Esos son problemas que dislocan el tiempo un domingo, en las primeras horas. Problemas que para otros parecen inutiles, tiempo malgastado. Como para mi parecen los de ellos.

domingo, 2 de agosto de 2009

La mano de la buena fortuna

"A nuestra gente siempre le ha gustado apiñarse dentro de las páginas de nuestros periódicos, pero en la época de la guerra con Turquía, y más tarde con Bulgaria, cualquiera de los numerosos diarios parecía un hormiguero a reventar."
-Goran Petrovic.

Sheep man

Esperoqueencuentresatuamigoyaesaovejapronto.
-La caza del carnero salvaje (A wild sheep chase)
Haruki Murakami,